jueves, 23 de julio de 2009

Asimetrías

Asimetrías ¿Hacia la Desintegración? el DEMÓCRATA. Columnas. Por Fausto Fernández Ponte


“Los mexicanos sabemos que la solución a la crisis es desechar el actual modelo de desarrollo y crear uno nuevo, pero tenemos miedo
de hacerlo y deseamos que otros lo hagan por nosotros”.
José Juan Marín Leonés.


I
La descomposición del poder político del Estado mexicano e incluso de otros de sus elementos constitutivos, como el mismísimo pueblo –el más importante de todos--, la soberanía y el territorio son parte de nuestra realidad cotidiana. El final es previsible.
Podríase decir sin incurrir en hipérbole que todos los mexicanos padecen esa realidad cotidiana en gradación variopinta. Los ricos, por ser ricos. Y los pobres –80 millones de ellos-- precisamente por su carencia de un colchón atenuante del golpeteo.
Éste golpeteo es brutal. Y su brutalidad define su naturaleza, la dialéctica de ésta –las interacciones y contradicciones de sus componentes—, sus desenlaces sincréticos y sus secuelas. La consecuencia mayor de ese golpeteo es la incertidumbre social.
Esa incertidumbre social deviene en erosión de la esperanza. Pero los mexicanos buscamos soluciones que no impliquen transformación de fondo –estructural y superestructural— y, recursivos a ultranza e imaginativo, incurrimos en antiheroísmos.
Bajo esa actitud colectiva, damos paridad a dos valores antipodales –opuestos—como son los de resistir (“el pueblo mexicano es muy aguantador”, presumimos) y buscar alternativas que no impliquen rupturismos. Nos adaptamos. O emigramos.
Tal es nuestra idiosincrasia. Inclusive, la lucha política tiene en esa vena idiosincrasica la noción de “resistencia”. El movimiento de masas que abandera Andrés Manuel López Obrador tiene un pendón denominador: “resistencia civil pacífica”.
Aguantar, pues. Resistir el embate de un virus celular, molecular, protoplásmica, de un Estado --México-- devenida de un falso patriotismo mercantilista y, ergo, traidor, el del hampa de la política cuya ideología no se inspira en el pueblo ni se nutre de éste.

II
La ideología de ese hampa de la política es antisocial. Tiene inspiración conservadora que, según la historia de México, siempre ha sido opuesta al interés del pueblo. Benito Juárez no ha tenido estafetarios veros desde que Porfirio Díaz tomó el poder en 1876.
Esos pseudo-estafetarios del juarismo son virtuosos de la simulación. Se simula el ejercicio social del poder para disfrazar su práctica antisocial. Las simientes de la crisis actual fueron plantadas ha mucho, en 1917, al promulgarse la Carta Magna.
La Constitución no creó una economía pro-social, sino una mixtura con pátinas prosocializantes, para preservar intacta la concepción subcapitalista-mercantilista del Estado que, a contrapelo de la experiencia histórica, deviene en simulación.
Se simula un Estado laico. Se simula un Estado social –que no socialista--. Y se simula un Estado con contrapesos democráticos supuestos, que en realidad no existen. Para disfrazar depredaciones y saqueos oligárquicos y una plutocracia impune y cínica.
Se simula para ocultar la descomposición que, como bien sabríase con certeza, es general, con acentos agudos en ciertos aspectos particulares. A esa descomposición rampante la registramos e identificamos como la crisis, como proceso de destrucción.
Aclárese a fuer de puntillosidad precisoria que al referirnos al Estado mexicano aludimos a sus sinónimos: México, el país, la nación, la totalidad, el todo. El vocablo Estado es epiceno. Es, sin eufemismo, exacto. El Estado mexicano es México.
Así, la crisis --es decir, la descomposición— del Estado mexicano o de México implica su desintegración y su sustitución morfológica a raíz de ese proceso de cambio de más a menos de sus componentes orgánicos. A la vista ya, la desintegración.

III
Hace un par de días, Manlio Fabio Beltrones, un político de lo más avezado en el contexto de las relaciones internas de lo que conocemos y comprendemos como “el sistema”, identificó un peligro real al Estado mexicano, a México: la balcanización.
Y otro político igualmente avezado en ese mismo contexto del “sistema”, Marcelo Ebrard, surgido, como el señor Beltrones, del mismo crisol priísta –el único que conocemos los mexicanos desde 1946-- alertó: México está al borde del precipicio.
Otros políticos menos notorios --legisladores del PRI y PRD— pero también representativos del “sistema”, hablan del imperativo imposponible de que la vertiente ejecutiva, calderonista, del poder político del Estado “dé un golpe de timón”.
Don Marcelo y don Manlio –a quienes seguramente la tentación presidencial llevará a escenarios con más reflectores en 2012-- y los diputados priístas y perredistas de la inútil LX Legislatura trajeron a primer plano de atención vocablos de la ciencia política:
Balcanización, modelo económico y golpe de timón son expresiones que denotan experiencias históricas. Balcanizar es dividir un territorio en pequeños Estados. Golpe de timón, expresión marinera, significa dar a la nave un cambio brusco de dirección.
El señor Ebrard, quien es el jefe de gobierno del Distrito Federal, planteó la exigencia imperativa cde crear otro modelo económico, aunque no dio luces acerca de sus características deseables, pues éstas parecen obvias: las de servir al interés colectivo.
Esto nos lleva al tema de cómo enfrentar y superar la debacle –el desastre—que nos estruja y despulpa y, paradójicamente, mantiene paralizados y hasta anestesiados al grueso mayoritario de los mexicanos, a la espera de soluciones providenciales.
Pero la Providencia –cuyos adherentes consideran divina-- no es ni ha sido oidora ni veedora. Los personeros del poder político del Estado citados sienten el peligro. Les preocupa el país, pero sobre todo su suerte personal. No tendrán país qué gobernar.

Asimetrías

Esos 12 Millones 714 mil 881 Votos...
Fausto Fernández Ponte

"Cuando el dinosaurio despertó, todavía estaba allí".
Tito Monterroso.

I
El desenlace electoral reciente --hace apenas 10 días-- ha cincelado la percepción en la cúpula del PRI y sus nuevos 237 diputados de que obtuvieron nmandato popular. Esa percepción es, desde luego, sofista, pues un mandato popular se define, según la terminología técnica electoral, en una mayoría de votantes empadronados. No fue ese el caso el 5 de julio. Ello conforma un verismo insoslayable. Los 12 millones 714 mil 881 ciudadanos que votaron por los candidatos del PRI representan únicamente el 36.76 por ciento del total de quienes sí sufragaron. Y ese total de quienes sufragaron representan el 44.81 de otro tiotal macrcósmico,mayor, el de los ciudadanos empadronados, que son casi 78 millones. Es obvio que quienes votaron son una minoría. La mayoría --55.19 por ciento-- se abstuvo de acudir a las urnas por las razones que fuesen y hubiesen sido, idiosincrásicas, tácticas o estratégicas e incluso propias de la cultura política. La voluntad de esos 12 millones 714 mil 881 votantes es por principio y definición respetabilísima y digna, independientemente de cuales hayan sido sus motivaciones a favor del PRI. Pero no es un mandato.
II
En llas reglas del propio Instituto Federal Electoral e incluso en la rosa de los vientos y la brújula por las que se guían los magistrados del Tribunal Electoral, se definen bien al mandato. Los paradigmas definitorios protoplásmicos de un mandato son, según la ciencia política y la práctica jurídico-electoral, una votación mayor respecto a) del padrón, y b) superioridad numérica absoluta. En el caso, el abstencionismo --ese 55.19 por ciento que ronda al sistema político -- define precisamente al proceso electoral mismo como expresión nuclear de la muy entrecomillada democracia mexicana.
El abstencionismo es, dicho con apego estricto a los paradigmas de la ética política, muy respetable. Abstenerse de votar es, también, un derecho constitucional. Votar o no es un ejercicio de albedrío. Y configura, señálese, un derecho incontrovertible: el derecho a tener derechos, los del albedrío, consagrados incluso en casi todas las cartas magnas del mundo y, definitivamente, en nuestra propia Constitución. Por añadidura, votar debe ser una figura jurídica efectiva, más no efectista y de simulación --como es demostrada e históricamente el caso en México--, pues es una una entelequia hologramáfica. Es y no es.
III
Es y no es: ello antójase indisputable como componente del contexto de la realidad sociopolítica de México. Es un trasgo en concubio solitario, sin contrapartes; éstas serían otras figuras jurídicas concomitantes. Y una de esas figuras concomitantes es la revocación de la investidura de alguien elegido. Sin revocación de mandatos, el ejercicio de votar es, como ya se dijo, sólo efectista, un sombrerazo, pues.
Un sombrerazo para "apantallar", como diríase coloquialmente. Para simular ante los propios mexicanos y también al mundo la existencia de una sólida y rutilante "democracia" mexicana.
Pero ese 55.19 por ciento de abstencionistas demuestra que éstos no creen en la efectividad cacareada de la figura jurídica de la elección sin contrapartes constitutivas que le quiten las comillas a la "democracia". Más no es eso todo. Lo que cancela al supuesto atributo democrático del sistema político es asaz antidemocrático: sólo los partidos políticos pueden postular candidfatos. Postulan, además, por "dedazo".
La mayoría priísta en la naciente LXI Legislatura no tiene, pues, un mandato (aun con los 22 diputados del "Verde" y los 28 "Chucos" del PRD, con los que sumaría 287) para justificar su triunfalismo. Ese triunfalismo despide un tufo de arrogancia, sobernia, vanagloria, autoritarismo y nos vaticina que en la Cámara de Diputados trabajarán por su agenda, no por la agenda de los mexicanos-


Volver a la Realidad

Fausto Fernández Ponte

A Marco Antonio Castellanos, en homenaje póstumo aor su ejemplaridad personal y profesional (como médico) e integridad como político.
Rara avis.

I
Decíase aquí, que la secuela del muy previsible desenlace de la elección federal del pasado 5 de julio no es motivo de júbilo, sino de mayor preocupación. ¿Por qué? Por lo siguiente:
1) Ninguno de los 259 nuevos diputados del PRI y "Verde", que postularon candidatos en alianza y serán mayoría en la LXI Legislatura, formuló propuestas para superar los problemas de fondo que nos acucian.
2) Ninguno, de hecho, reconoció la existencia de la crisis económica, política, social, cultural y de valores y sí, en cambio, preconizó la continuidad de las prácticas de la simulación en el ejercicio del poder.
3) Ninguno de esos candidatos priístas y "verduleros" --que serán investidos legisladores a partir del primer día de septiembre-- fue poostulado democráticamente, sino por "dedazo".
4) Ninguno de los candidatos de esos partidos aludió públicamente al contexto de excepción en el cual se desarrolló y culminó el proceso electoral y cuyas manifestaciones indican la existencia de otra crisis.
¿Y cuál es esa otra crisis inédita? La que deviene de la percepción ciudadana de que la forma de organización económicda, política e incluso social prevaleciente --es decir, el "sistema"-- ya caducó.
Caducado, ese sistema --o "modelo"-- es inviable, a la luz de los resultados de la aplicación política de los paradigmas de su filosofía, su ideología y su estilo plutocrático y oligárquico de ejercer el poder.
II
Esos resultados, si discernidos a cabalidad objetiva, son dramáticamente espectaculares: desempleo, inflación, mayor pobreza y miseria; ello emblemartiza una realidad de enorme desigualdad y profunda y extensa injusticia.
A esa realidad concurre el estilo inicuo de ejercer las potestades propias del poder político del Estado, que en el colmo de la aberración --perversidaed premeditada e intencional-- trastoca funciones.
Ese estilo nos descorre los velos que en vano tratan de ocultar un verismo insoslayable: el poder político se ha apropiado unilateralmente --ajeno a las formas de la democracia-- de ser mandante y no mandatario. ¡Qué ironía: el mandatario ururpa y manda al mandante! Ello antójase obvio a no pocos ciudadanos conscientes de la realidad y de los componentes y vectores causativos de ésta y la interacción de unos y otros, y sus efectos, a éstas alturas, trágicos. La tragedia mexicana tiene esos componentes: impunidad, que deviene en cinismo --o cínica alegria, cabría decir, como el homicidio de 48 niños en Sonora-- - en conductas corruptas en el ejercicio del poder político. O del poder, a secas. Pero es el poder político, como elemento constitutivo del Estado, el que debe subordinarse al elemento constitutivo más importante, el pueblo, fuese cual fuere su definición.
El pueblo es, según la teoría de Estado, el mandante, y el poder político --en el caso, los Poderes de la Unión-- el mandatario, el que obedece los mandatos de aquél, dados al travfés de la ciudadanía. Esa ciudadanía debe ser --es, en teoría-- plenaria y plenipotenciaria en términos reales. Esos vocablos, plenaria y plenipotenciaria, son axiales para comprender el desenlace comicial.
III
¿Cuál es la condición de plenaria y plenipoptenciaria? La de votar sin coacciones ni coerciones ni inducimientos, en un entorno ordinario, normal, que no existe hoy en México: éste es un país en guerra. Y la guerra, nominal y oficialmente descrita como acciones contra la entelequia "crimen organizado", es en realidad una campaña bélica del poder político panista-priísta del Estado contra la ciudadanía.
En esa guerra contra la ciudadanía se utiliza la herramienta de las Fuerzas Armadas, militares y civiles-militarizadas, en un estado de excepción no sólo inconstitucional, sino también anticonstitucional. Quienes votaron --el 44.81 por ciento del padrón-- no conforman en ningún sentido moral, ético, jurídico o numérico una representativiedad plenaria y plenipotenciaria de la ciudadanía ni de la población.
La razón es simple: el PRI recuperó una clientela tránsfuga, no necesariamente "dura", que en gran medida se había ido, en 2006, al PAN (y que se sumó a un decreciente "voto duro") y a Convergencia, que ahora perdió 12 curules. Con tal minoría electoral, los personeros priístas del poder político conformarán la Cámara de Diputados. Ese 44.81 por ciento del padrón aun cree en el sistema y no abreva en la esperanza de reformas ni de cambios, sino por el statu quo plúmbeo. Más de lo mismo. Hasta 2012.

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